martes, 12 de marzo de 2013

El “curioso” caso de las hiperinflaciones


Seguro que todos recordáis ese capítulo de Los Simpsons en el que muestran un billete de un trillón de dólares. Nunca pensaríais que pudiese existir de verdad. Pues bien, efectivamente, os equivocáis. A veces, la realidad puede superar a la ficción. En ocasiones, puede darse la situación de que un Banco Central se vea en la obligación de tener que imprimir semejantes billetes. ¿No os lo creéis? Mirad las siguientes fotos.




Pero, ¿cómo es posible? Sencillo, el país en cuestión tiene una hiperinflación del copón. Espera, espera, ¿hiperinflación? ¿Qué demonios significa eso? Os lo podéis imaginar. Si nos referimos a la inflación como el aumento de los precios, una hiperiflación podría ser algo así como un... “hiperincremento” de precios. Vale, me he inventado la palabra “hiperincremento”, pero lo vais pillando, ¿verdad?

La magnitud de dicho incremento no es algo fijo por definición, pero para que os hagáis una idea, podemos estar hablando de doblar los precios cada pocos días, o incluso cada unas cuantas horas. Por la mañana vas a la panadería y una barra de pan te cuesta 1€, vas por la tarde y te cuesta dos. Pero es que por la mañana del día siguiente, ya vale 4, y esa misma tarde, tendrás que pagar 8 por ella. Asombroso, ¿eh? Éste es un ejemplo un tanto exagerado (se tendría que dar una inflación del 100% cada 12 horas) pero como veréis más tarde, no lo es tanto como podríais pensar.

Vamos a hacer un repaso de algunas de las hiperinflaciones más bestias de la historia.

Alemania, año 1923. Éste es seguramente el proceso de hiperinflación más conocido de todos. La inflación llegó a ser de un 29.500% durante el mes de octubre, siendo de un 21% más o menos la diaria (para que os hagáis una idea, la inflación normal de un país suele estar entre el 2 y 5% anual). Los precios se doblaban cada 3,7 días.

Os preguntaréis como pudo llegar Alemania a esta situación. Veamos un poquito de historia. Corría el año 1918 cuando se producía el fin de la I Guerra Mundial. Ésta, terminaba con la derrota de las Potencias Centrales, entre las que se encontraba el Imperio Alemán. Veis hacia dónde van los tiros, ¿verdad?

 Tras la guerra, se firmaron varios tratados de paz que afectaban a los diferentes participantes, siendo el de Versalles el que afectaba directamente a Alemania. Este Tratado estaba compuesto por muchísimas cláusulas (territoriales, militares, políticas, económicas...), pero era especialmente duro y abusivo en el tema de las indemnizaciones y reparaciones que tendría que pagar Alemania a los aliados por el hecho de pertenecer al bando de los “únicos y exclusivos culpables de la guerra” como se proponía en el Tratado. Fue Francia la que hizo presión para que se impusieran estas cláusulas tan abusivas, y es que no se olvidaban de que el Imperio Alemán les hizo lo mismo a ellos unos años antes, en 1871, al final de la Guerra Franco- prusiana. El mismo Keynes se opuso firmemente a estas cláusulas (formaba parte de la comisión) ya que consideraba que conllevarían a unas consecuencias nada deseadas. No se equivocaba.

Por esta razón, Alemania se vio hundida en unas deudas que difícilmente podía pagar. Su moneda, cada vez estaba menos respaldada por el oro que les quedaba en las reservas, y el gobierno imprimía billetes y más billetes para cubrir sus necesidades internas. Al aumentar de una forma desproporcionada el flujo de dinero, éste empezó inevitablemente a devaluarse sin ningún control.

A partir de aquí podríamos hacer un análisis más profundo de como se produjeron todas las fases de esta hiperinflación, pero tampoco os quiero aburrir demasiado. Si queréis, podéis leer más del tema aquí.

Esta situación, como os podéis imaginar, dio lugar a escenas de lo más esperpénticas. Desde niños jugando en la calle a hacer castillos de fajos de billetes, hasta barrenderos barriendo dinero como si fueran hojas de los árboles. Contaba mi profesor de Historia Económica Contemporánea que un día se dio el caso de que a una mujer que había salido a comprar algo de comida, la atracaron. Diréis, qué tiene eso de especial, seguramente se produzca cada día, y muchas veces. Pero este atraco fue un tanto peculiar. Claro, la mujer necesitaba un cesto lleno hasta arriba de billetes para comprar una simple barra de pan. ¿Se llevaron el dinero? No. El dinero no. Sólo el cesto. Seguramente se inventara esta historia, era muy dado a hacer show, el tipo, aunque un gran profesor, sin duda.






Me he entretenido un poco con el primer caso, pero éste no es el más exagerado de la historia ni mucho menos.

Hungría, año 1946. La inflación más alta que se dio fue del, a ver si no me dejo ningún cero, 13.600.000.000.000.000% mensual. El precio se duplicó cada 15,6 horas. Se llegaron a imprimir billetes de 1000 trillones de la moneda del país, el pengo, aunque éstos no fueron emitidos. El billete más alto en uso fue el de 100 trillones de pengos. Ésta sí ha sido la más grande de la historia.

Podemos encontrar, sin embargo, otras hiperinflaciones más recientes.

Zimbabwe, año 2008. La inflación más alta fue de 79.600.000.000% mensual. El precio se duplicó cada 24 horas, es decir, cada día las cosas valían el doble que el día anterior. Cuando fue introducido el billete de 100 millones de ZWD (dólares de Zimbabwe), el precio del pan aumentó de 2 millones de ZWD a 35 millones de ZWD de la noche a la mañana.

Ha habido otras muchas hiperinflaciones a lo largo de la historia, os invito a que busquéis sobre ello, así como sus principales causas, es un tema bastante interesante, además que podemos aprender lo que puede llegar a significar para un país que se le exijan préstamos impagables en muy corto plazo, como desgraciadamente ocurre a menudo en estos tiempos.

Para acabar, como habéis visto, esto de la hiperinflación es una situación un tanto curiosa, pero no deja de significar que el país está, hablando claro, hecho una grandísima mierda, así que mejor que no tengamos que vivir una situación así jamás. Lo sé, a mi también me gustaría llevar billetes de 100 trillones de euros en la cartera, pero creedme, no es buena idea.

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